La Casa De Riverton by Kate Morton

La Casa De Riverton by Kate Morton

Author:Kate Morton
Language: es
Format: mobi
Published: 2010-01-20T00:00:00+00:00


Desde el rellano de piedra que conducía a la escalera trasera, escudriñé en la oscuridad. La luna bañaba de reflejos plateados la hierba, transformando los rosales silvestres de la pérgola en terroríficos esqueletos.

Los diseminados rosales, gloriosos durante el día, parecían un torpe grupo de ancianas huesudas y solitarias.

Por fin, en el último peldaño de la escalera distinguí una sombra que no era proyectada por ninguna de las plantas del jardín.

Me armé de valor y me deslicé en la oscuridad. A cada paso el aire se volvía más frío y desapacible. Llegué al último escalón y me detuve junto a él, pero Alfred no dio señal alguna de advertir mi presencia.

—Me envía el señor Hamilton —anuncié con cautela—. No pienses que te estoy siguiendo.

No obtuve respuesta.

—Y no me ignores. Si quieres que me vaya dímelo y lo haré.

Alfred siguió mirando los espigados árboles del Camino Largo.

—¡Alfred! —Mi voz quebró el frío.

—Todos pensáis que soy el mismo Alfred que se fue de aquí —declaró suavemente—. Las personas parecen reconocerme, por lo que mi aspecto físico debe de ser casi el mismo. Pero en muchos otros aspectos soy diferente, Grace.

Sus palabras me desconcertaron. Me había preparado para otro ataque, para que volviera a pedirme que lo dejara en paz. Su voz se convirtió en un susurro y tuve que acercarme más para oírlo. Le temblaba el labio inferior; no supe precisar si a causa del frío.

—Los veo, Grace, durante el día no es tan grave, pero por la noche, los veo y los oigo. En el salón, en la cocina, en las calles del pueblo. Dicen mi nombre. Pero cuando me vuelvo para mirarlos... no están... todos están...

Habría deseado saber quiénes eran «ellos», pero no se me ocurrió cómo preguntarlo. Me senté. La gélida noche había transformado la piedra de los escalones en hielo. Bajo la falda y los calzones mis piernas se entumecieron.

—Hace mucho frío —indiqué—. Vamos adentro y te prepararé una taza de chocolate.

Él no dio señales de oírme y continuó mirando la oscuridad.

—¿Alfred?

Rocé su mano con la yema de los dedos e impulsivamente los apoyé sobre los suyos.

—No. —Alfred retrocedió, sorprendido. Yo crucé las manos sobre el regazo. Mis mejillas ardían como si me hubiera abofeteado—. No lo hagas.

Alfred apretó los párpados. Yo observé su cara, preguntándome qué habían visto esos ojos cerrados para tener que ocultarse tan frenéticamente bajo los párpados blanqueados por la luna.

Entonces me miró y contuve el aliento. Tal vez fuera un efecto nocturno, pero sus ojos —pozos oscuros y profundos— me parecieron vacíos. Me miraba sin ver, como si buscara algo, tal vez la respuesta a una pregunta no formulada. Cuando habló su voz sonó suave.

—Pensaba que a mi regreso... —La frase inconclusa quedó flotando en la noche—. Tenía tantos deseos de verte... Los doctores dijeron que si me mantenía ocupado.

De su garganta salió un ruido seco, un chasquido. La coraza que protegía su cara se desmoronó, arrugándose como una bolsa de papel, y comenzó a llorar. Se cubrió la cara con ambas manos tratando inútilmente de ocultarse.



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